Casa de Melilla en Madrid

Pensamiento y opiniones

AFORAMIENTO REAL
Álvaro Cordón Flores

 No es el rey lo que importa, es la institución.

Aforamiento no es sinónimo de impunidad, sino el sometimiento de un proceso judicial a la consideración de un tribunal específico, como puede ser el Tribunal Supremo o el Tribunal Constitucional. Fundamentalmente se reserva para quienes desempeñan su cargo en las instituciones que conforman la estructura de nuestro estado democrático.

No nos engañemos ni perdamos de vista la intencionalidad de quienes se oponen a tal aforamiento. Su finalidad es acabar con la institución monárquica. Es muy ilustrativo que tanto separatistas así como la parte de la izquierda más escorada sean las partes más visibles y beligerantes de esa negación al aforamiento. Hay que preguntarse el porqué.

La alternativa que presentan a la monarquía parlamentaria (que no gobierna, ya que sus atribuciones constitucionales son de representación y arbitraje) estos antiaforadores es una república nostálgica e indefinida, con un discurso decimonónico y disgregador, aparte de demagógico y sin consistencia práctica para el conjunto de la sociedad, es decir un futuro sin garantía económica y sin garantía democrática ni de estabilidad. No es el proyecto integrador que necesitamos en el que todos podamos caber, ya que anteponen ideología a entendimiento, demagogia a política con mayúscula, en definitiva, un proyecto con demasiados interrogantes y sin perspectivas de éxito para los españoles, que es lo que de verdad importa.

La monarquía parlamentaria ha demostrado sobradamente que no es sectaria ya que su actitud ha sido siempre conciliadora con todas las sensibilidades políticas de España. No puede decirse lo mismo de ciertos sectores políticos, como bien demuestra la experiencia que hemos vivido durante este periodo constitucional.

Otra ventaja indudable de este sistema es que conocemos con tiempo suficiente a quien va a desempeñar esa labor y si cumple los requisitos requeridos para ello. Es sin duda una garantía no desdeñable ya que se le impone una completa preparación para que realice su función de forma satisfactoria, por lo que las posibilidades de éxito son altas.

Si comparamos las situaciones vividas en el trascurso de los periodos históricos más recientes, ya sean éstas: económicas, políticas, sociales, de convivencia y estabilidad, de atención educativa y sanitaria, de desarrollo tecnológico y de las comunicaciones, así como de todas las libertades democráticas alcanzadas, la conclusión es de una contundencia inapelable: el periodo más fructífero, desde cualquier punto de vista, es el que se corresponde con el de la monarquía parlamentaria, sin paliativos.

Ningún sistema político, incluidos en los últimos cien años, alcanzó los niveles de bienestar económico, social y democrático de los últimos cuarenta años.

Quienes añoran unos peores tiempos pasados, empeñándose en rememorarlos y hacerlos presentes, deberían reflexionar en profundidad y hacer propuestas más acordes con el sentido común y los intereses generales.

Si la monarquía parlamentaria es el sistema que mejor nos ha funcionado, ¿qué les lleva a procurar su desaparición? ¿Qué seamos como esos países perdidos de la historia?

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