Casa de Melilla en Madrid

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Expansión de los pueblos germánicos al comienzo de la invasión árabe.

Las presencias más antiguas en la ciudad de Melilla como: la fenicia, cartaginesa, romana, bizantina, los vándalos, la visigoda, la árabe (no marroquíes)  y la española, está más que demostrada; no así la presencia marroquí a los que se les puede y se debe invitar a que lo demuestren, no lo conseguirán porque esa presencia en esos periodos y menos como colectivo dominador, nunca existió. Cuando los bizantinos no pudieron controlar a las tribus nómadas que habitaban en la península arábiga, a las que genéricamente se les llamaban árabes, sin distinción de que fueran beduinos o pertenecieran a otras tribus, estas acabaron organizándose en torno al Islam que predicaba Mahoma. Sus seguidores (los muslimes) iniciaron un ciclo expansivo invadiendo Egipto y Siria y estableciéndose en Damasco en el año 661, donde fundan la dinastía de los Omeya, en el nombre del Islam y por medio de la yihad (guerra santa), ocupan territorios obligando a sus moradores a su conversión o muerte.

En la segunda mitad del siglo VII, Flavia o Rusadir (Melilla) y sus alrededores fueron escenarios de terribles luchas entre los invasores árabes y sus indómitos pobladores que no aceptaban abrazar la ley del Islam.

Melilla en el año 696 es ocupada y sus defensores capitaneados por una mujer, Al Kachira la sacerdotisa o hechicera (según hemos leído del melillense David Melul que la menciona como Kahína y de origen judío), optaron por unirse a Kusaya,  jefe beréber de la zona, con el que se refugiaron en las montañas del Rif desde donde ofrecieron resistencia al Islam hasta el año 701 en que prefirieron disgregarse a someterse a los invasores árabes.

En ésta época aparece Mazuz como rey del Macroducado de Tansaman y al convertirse al Islam, su territorio pasa a formar parte del Imperio de los Omeya quedando sometida toda la región. Algún historiador asegura que sobre ésta época fue Muza Ben Nozeia el que le dio el nombre de Melilla a nuestra ciudad.

En la Península, a la muerte de Witiza acaecida en febrero de 710, sus fieles intentaron repartir el reino entre sus hijos y así, amparándose en la minoría de edad de estos, los nobles acapararían parcelas de poder. División contraria a la legalidad vigente, puesto que era el Concilio quien tenía que ungir al nuevo rey, y el nombrado el día 1 de marzo del año 710 fue don Rodrigo.

Los seguidores de Witiza no aceptaron esta decisión y estalló la guerra civil que ganó don Rodrigo.

Agila II hijo de Witiza huyó a la Tarraconense y Don Opas, hermano de Witiza, se refugió en Ceuta, desde allí conjuntamente con un familiar, el conde Julián, Gobernador de aquella ciudad, tramó y coordinó venganza contra Don Rodrigo, y con la alianza con parte de judíos hispanos, descontentos con la nueva monarquía, negociaron con el Califato de Omeya la ayuda extranjera para derrocar a don Rodrigo.

Hallándose el rey visigodo ocupado en sofocar una rebelión de los vascones (navarros no vascos) por motivos económicos, que no políticos. Creyeron los Witiza llegado el momento oportuno para derrocar a Don Rodrigo. Avisaron a los omeyas y en la noche del 27 al 28 de abril del 711, cuatro naves del conde Julián y otras gestionadas por judíos comenzaron a transitar el estrecho con tropas árabes. Consiguieron desembarcar 7.000 hombres al mando de Tariq que se fortificaban mientras llegaban refuerzos.

Los hechos repetidos de entrada en la Península de tropas extranjeras hicieron creer a la mayoría de sus habitantes que solo se trataba de otra de las luchas intestinas de la aristocracia visigoda y no se le concedió más importancia porque no pensaron la existencia de peligros para su soberanía, y menos para su cultura y religión. Creían que era un mero asunto de ayuda militar, y así era porque, en principio, se trataba de una ayuda militar pactada entre los invasores y los Witiza, y ninguno de ellos, mucho menos los hispanos, se imaginaron lo que iba a ocurrir.

El pueblo era ajeno a la política y a la milicia, estas dependían de la nobleza que mantenía un ejército muy reducido, pero además, el pueblo estaba desarmado y se dedicaba al trabajo y a sus menesteres y apenas opusieron resistencia a la invasión porque en su conjunto no la reconocieron como tal.

Sancho, gobernador visigodo de la zona donde se producía el desembarco, acudió con un pelotón y derrotado no pudo impedir la invasión. Avisado don Rodrigo acude en marcha forzada desde el norte. Los Witiza aplicando su táctica preconcebida de traición, se ofrecen a ayudar a Don Rodrigo en la batalla que se  aproxima. Tanto las tropas reales como la de los nobles aceptaron sin entusiasmo y con pocas ganas, el pérfido apoyo.

El 19 de julio trabaron batalla contra los árabes que habían aumentado su ejército hasta los 17.000 combatientes. Cuando empezaba a declinar la lucha a favor de don Rodrigo, decisiva fue la traición de los Witiza; con don Opas y Sisberto a la cabeza, apoyados por algunos nobles y según lo convenido, se pasaron al enemigo y arremetieron contra los suyos después de haber simulado durante la batalla que combatían a los árabes, táctica que estos conocían de antemano.

Después, cuando los árabes empezaron a hacer conquistas territoriales, los Witiza protestaron porque aquello excedía con creces la ayuda pactada y reclamaban el trono, que creían les correspondía. Pero los impasibles sarracenos, satisfechos por el botín conquistado, ignoraron el pacto y solo accedieron a entregar a Agila II unas cuantas villas que el anterior monarca le había incautado.

Según fuentes árabes de esa época los contingentes invasores llegados al final del año 711 con Tariq, fueron cifrados en 17.000 árabes y beréberes; en el año 712 con Muza, 18.000 árabes y posteriormente se sucedieron oleadas en diferentes épocas.

Una vez teniendo conciencia de las intenciones de los invasores, los visigodos se fueron reuniendo en torno a la figura de Don Pelayo considerado como el primer Rey español y se dispusieron a batallar a los moros.

En prueba de que lo narrado de la batalla de Guadalete no es un invento como algunos “proges” y promarroquíes que, por ignorancia o por maldad, insisten en señalar y hacer creer que la historia de la invasión árabe en esta batalla y en su totalidad ha sido adulterada en las últimas décadas, citamos literalmente la narración recogida en la página 107 del Tomo II, de “Portfolio de Historia de España” de la segunda edición en el año 1906, obra de la editorial Seguí, domiciliada en su día en Buenavista 30, Barcelona y escrita por el profesor de historia Manuel Sandoval del Río:

<< “Traición”. Batalla del Bárbate, Conocida por la de Guadalete (Año 711) (…) Hallábase Don Rodrigo sujetando a los vascones (…). Llega don Rodrigo a la explanada que fertiliza el río Bárbate (…) Tres días de pelea con denuedo, y el último las huestes sarracenas dan palpables muestras de mortal desaliento (…); pero ¡ay!, que en tan críticos instantes, cométese la más horrible y baja de las traiciones; los Witiza, don Oppas y todos los parciales, creyendo llegada la hora de la venganza, únense a los invasores, y…>>.

Fue narrada hace más de cien años no es historia moderna.

Coinciden en la narración que señala la traición de los Witiza en plena batalla la mayoría de las fuentes, incluidas algunas árabes y la que se titula: “Crónicas Mozárabes” de Ajbar Maymua.

Algunos conversos al Islam de última hora, mayoritariamente de procedencia comunista a partir de la caída del muro de Berlín, sostienen que en España no hubo invasión, simplemente una guerra y los vencedores se convirtieron pacíficamente al Islam. Y créanlo, tamaña barbaridad lo dicen y comentan en escrito y hasta en libro.

Tariq después de la invasión, modificó lo pactado con los hijos de Witiza, por lo que se les respetaban todas sus propiedades a cambio de la sumisión y aceptación del reino de los visigodos al Califa omeya Al Walid que fue proclamado en el año 714 en Toledo. En el año 716 a Agila II, le sucedió su hermano Ardón que mantuvo esas propiedades o villas y en el año 720 falleció sin que ningún descendiente asumiera el dominio de esas villas.

Las consecuencias que esto hechos supusieron para la política social y económica de la ciudad de Melilla se desconocen, pero si se sabe que en la Península Ibérica surgieron desavenencias entre árabes y bereberes y que éstas, seguro tuvieron sus influencias en la ciudad de Melilla y en toda la zona de la misma.

 

Melilla, su entorno e historia