Casa de Melilla en Madrid

Una de las mayores preocupaciones de las autoridades de Melilla desde los primeros años de su ocupación, era la toma de leña necesaria ante todo para cocer el pan. Dentro de la ciudad no había árboles ni lugar donde pudieran prender, por eso tenían que salir y afrontar el peligro de enfrentarse al moro, salida que se hacía en grupos muy reducidos dado el no muy elevado número de la guarnición.

Bartolomé Dorador, el veedor de la ciudad, se lo hacía saber al rey en carta, de cuatro de febrero de 1550:

"Es tan poca gente que no se puede proveer de leña a causa de que los moros de guarnición corren a menudo y vienen en cantidad".

Melilla no padecía sólo la falta de leña sino también de agua, no había en la plaza agua dulce, había que hacer acopio de ella, no era posible la existencia de pozo alguno en aquel promontorio y aunque así fuera, el agua sería casi salada, el problema se fue resolviendo gracias a la construcción de los aljibes que fue largo y difícil por la falta de dinero hombres y material, a veces el abastecimiento de agua dulce desde Málaga fue necesario. Melilla dependía totalmente de la Península para su abastecimiento, la guarnición mal vestida pasaba hambre.

El 12 de marzo de 1550, el clérigo de Melilla, Juan de Castro, escribía a los Reyes, la preocupación que le causaba que:

"Cada día se van soldados a tornar moros"

y les transmitía el testimonio de Juan Fernández, escribano y cautivo en Argel:

"De cómo los cristianos en gran número van a renegar de la fe".

Debido a las condiciones de vida que soportaba el soldado en la plaza de Melilla, que se agravaba porque no se le pagaba la soldada, el descontento motivaba a algunos a huir o tornarse moros. El 24 de mayo de 1550, el gobernador Juan de Perea advierte en carta a Maximiliano y María de Austria, el peligro que supone la falta de pago:

"Suplico lo mande proveer (el dinero) con toda brevedad, porque ansí conviene al servicio de Dios y de Vras. Altezas, porque por ventura podría ser que ubiese algún motín, donde viniese más daño desta ciudad".

Para paliar la falta de dinero, era corriente pagar a los soldados en especie así escribía el veedor:

"El duque envía bastimentos a precio moderados e inferiores a los del comercio, la gente coge lo que quiere en bastimento o ropa y se le lleva el gasto a su cuenta. El crédito hecho a los soldados les empuja a hacer gastos extraordinarios".

Con este sistema de adelantos algunos soldados contraían deudas muy superiores a lo que debían cobrar y no se les podía despedir hasta su liquidación. Hecho que se comprueba continuando con la carta del 24 de mayo:

"Ay alguna gente ansí en la de a pie como en la de a cavallo ynutil y no son para servir ni para que ganen sueldo y ganánlo, porque todos deven dineros al duque de Medina de bastimentos y otras cosas que les an dado y por no tener para pagar lo que deven no hay lugar de despedillos, porque el duque no pierda lo que les an dado".

En la misma carta el gobernador escribía

"Para tomar leña por tierra o por la mar, tómase a muy gran riesgo y a gran trabajo de los que aquí estamos, y una de las causas principales que causa esto es estar la gente de aquí ympuesta en bolver las espaldas a los enemigos, por esta causa nos han escalabrado algunas vezes".

También se daba el caso de los renegados moros, que en efecto constituían un elemento imprescindible en la plaza, por ser su más importante fuente de información. Encerrado en su fortaleza los españoles, sólo podían enterase de lo que pasaba fuera gracia a ellos o a los espías. Las autoridades acogían a estos moros a regañadientes y con desconfianza, aunque las informaciones proporcionadas podrían ser muy importantes para España. Los moros que se presentaban en Melilla, eran previamente detenidos en la puerta de fuera de la plaza, cuando estos expresaban sus deseos de tornarse a cristiano, se les daba 500 maravedíes cada mes, hasta que a los tres meses se les mandaba a la Península, las autoridades de Melilla ponían poco empeño en estos tránsfuga, no deseaban un número excesivo de ellos. Allí en la misma puerta se negociaba los cambios de rescates entre los cautivos moros y cristianos, al encargado por parte cabileña se le llamaba "ygea o ajea".

Los conflictos y luchas entre tribus independientes y rivales, desencadenaba algunas veces la llegada a la plaza de Melilla de algún que otro refugiado. En esta ocasión la caída del rey de Tremecen y su sustitución, obligó al amenazado Muley Amar rey del Dugudú que era un conjunto de pueblos situados en una meseta, que comprendía a Gada y Debdú que prolonga la sierra del Medio Atlas, en el noreste actual de Marruecos. Estos asilos políticos no gustaban a los gobernadores, en esta ocasión Juan de Perea dijo

"Moros es mucha congoja tenerlos en Melilla especialmente éste que tan bien sabe estos rincones".

Los refugiados que habían llegado el 12 de julio de 1550, con mujeres y niños eran en total 300, y como con Muley Buazo llamado también Abú Hasún, el sustento y vigilancia de estos moros causaron muchos problemas. Y no le faltaba razón, el 24 de julio llegaron a los alrededores de la ciudad cuatros caídes de Fez para apresar al rey de Debdú, los caídes después de proyectar un plan de ataque, desistieron cuando comprobaron lo inexpugnables que eran las murallas. La presencia de estos personajes en Melilla, era acogida por obligación, porque podían ser de algún provecho para la política española, Muley Amar propuso a los españoles su ayuda para apoderarse de Fez.

Carlos V, rey de España consentía la presencia de este rey en Melilla con toda su gente, a condición del que el reino del Dugudú, fuere de la conquista de España, en el caso contrario, es decir, si fuere de la conquista de Portugal, éste rey tendría que irse a donde él quisiera. Esto lo confirma en carta a su hija María de Austria, al parecer tenía intención de apoderarse de ese reino y preveía en Portugal la misma intención, en virtud del acuerdo firmado en 1479 entre ambas naciones en el que se repartían estas zonas del Norte de África, admitiéndose que lo que pertenecía al reino de Fez sería de la conquista de Portugal y lo que pertenecía al reino de Tremecen de la conquista de España, pero las zonas aún no estaban muy limitadas. Tal reparto no se llevaría a cabo y las huestes del rey de Dugudú al parecer permanecieron en Melilla durante tres meses.

No cabe duda que los monarcas españoles les daban más importancia a otras fronteras que a la de Melilla, por ello la ciudad tenía menos ventajas que otras plazas, siendo la más necesitada por su total dependencia de la Península. Los Reyes Católicos fueron por mucho los que más se preocuparon por ella, en cambio Carlos V fue de los que más desinterés mostraron, pensaba que algún día los españoles tendrían que abandonarla y que no convenía llevar más gente de guerra, para que se pudiera desmantelar con más facilidad y así se lo hacía saber en carta fechada el 11 de septiembre de 1550 dirigida a su hija María de Austria y al esposo de ésta Maximiliano.

El gobernador de Melilla Juan de Perea, escribía el 5 de diciembre del mismo año, a María de Austria y a su esposo sugiriéndoles intercedieran cerca del Emperador en favor de Melilla:

"Si se hiziese en esta frontera como en las otras..."

Los proveedores de Málaga opinaban que Carlos V, consideraba a la ciudad

"de más gastos que de provecho"

es un reproche que a menudo se le hacía al Emperador, que por lo visto no se inmutaba.

Entretanto la dinastía Saadita que apareció en el valle del Draa (1509), consiguió la toma de Marrakech (1524), donde instaló su capital y acabó con apoderarse del reino de Fez en el año 1550 y amenazaba con extender sus dominios hasta completar el noroeste de África, lo que podría significar una cierta amenaza para la plaza de Melilla.

En enero de 1551, en Melilla, los escuderos de a caballo recibían un salario de 750 maravedíes al mes, 84 maravedíes más que 50 años antes, el incremento suponía un 12,61%, y aplicando las estimaciones de Maddison sobre la media mundial de crecimiento, estos escuderos pierden el porcentaje de un 5,25% de poder adquisitivo acumulado en 50 años con respecto al mundo civilizado, pero estimando que en España los salarios se comportaban en armonía con la inflación podemos deducir que durante este periodo el crecimiento en España fuese inferior a la media estimada por el citado historiador y matemático Angus Maddison.

Siguiendo con nuestros cálculos, un ballestero recibía un salario de 475 maravedíes al mes, lo que suponía 55 maravedíes más en 50 años, el incremento en porcentaje en este caso es de 13,10%, lo que demuestra que se tenían en cuenta los salarios más bajos, para una ligerísima mayor subida. En una de las notas enviada al Duque de Medina Sidonia a más de treinta años de la llegada de las tropas a Melilla, se hacía mención a los salarios del Alcalde y del Veedor y ambos permanecían congelados el primero en 12.500 maravedíes al mes y el segundo en 5.000.

Y continuando con la apreciación del equilibrio entre salarios-precios podemos calcular el precio de la libra de vaca en 9 maravedíes y el de carnero en 13 maravedíes, las berenjenas a 6 maravedíes la docena y el repollo, calabaza y judías verdes 3 maravedíes la libra.

Melilla, su entorno e historia