Casa de Melilla en Madrid

Crónicas y anécdotas

Melilla en el fin del Mundo

En un lugar remoto, frío, inhóspito pero sin duda exclusivo y de belleza especial, existe como recuerdo a Melilla una señal que indica la dirección que hay que seguir y la distancia que hay que recorrer para llegar hasta ella. Allí en ese lugar tan alejado y tan diferente de clima, de paisaje, en ese otro continente, el último en descubrirse, se encuentra un testimonio de presencia y de cariño por nuestra ciudad: en la Antártida, sí habéis leído bien, en la Antártida, el continente helado.

Todos los que consigan llegar hasta allí podrán contemplar el pequeño símbolo de hasta dónde se lleva en el corazón ese sentimiento de ser melillense, sí, ese gran orgullo, esas ganas de dejar constancia de ello.

Todo empezó allá por el año 1988.

Mi hermano Arturo, melillense como yo, endocrinólogo y médico de la Armada fue seleccionado para ir como miembro de la expedición en la Campaña antártica española de ése verano austral (1988-1989). No entraré en detalles de sus labores de investigación o sus vivencias allí que merecerían un artículo más serio, profesional y más extenso ya que le correspondería a él hacerlo.

El que escribe estas líneas se limitará a contar la historia de ese pequeño hecho histórico para los que gustan de anécdotas curiosas y entrañables, apoyado por algún que otro documento gráfico para dar fe de ello.

Nada más enterarme de que su viaje era ya definitivo me vino a la cabeza la típica imagen de película del Oeste, de aventuras, en las cuales a la salida de las ciudades existen postes tipo “tótem”, llenos de carteles orientados a diversos lados para informar a los viajeros de los distintos caminos posibles desde ese poste, con una indicación de la dirección que se debe seguir y las más de las veces con sus distancias en km o millas.

Así que no quise dejar pasar esa oportunidad única. La idea ya estaba, sólo había que transformarla en realidad: Había que fabricar un cartel que indicase la dirección y la distancia hasta Melilla.

Quedé con uno de mis hermanos, Jose Luis, para la elaboración del cartel, decidir el tamaño, y el tipo de material. Decidimos que fuese de madera. Nos pareció el material más adecuado para ese cometido y ese lugar y el diseño: con forma de flecha.

Así que puestos manos a la obra, lo cortamos y lijamos cuidadosamente; antes de barnizarlo había que rotularlo e incluir su distancia.

Recopilé la información necesaria. Con las coordenadas geográficas de Melilla y las de la Isla de Livingston, lugar de destino de la expedición y sede de la base Antártica Española “Juan Carlos I”, bastaba. Haciendo el cálculo por triángulos esféricos, la distancia que resultó, salvo error mío, fueron esos 12.026 km que figuran en él.

Ya teníamos todo, sólo faltaba ver tamaño de letras y nada más, de forma que se viese desde lejos y a continuación lo que más me preocupaba: el barnizado, aquello tenía que durar todo el tiempo que fuese posible. No hay ninguna fórmula especial que haga eterno el cartel pero le dimos dos soberbias manos de barniz del bueno con todo el mimo del mundo equipándolo para los sucesivos y terribles inviernos de aquellas latitudes.

Llegó el momento de la partida de ese pequeño embajador melillense, ese pequeño tesoro. Con un sinfín de recordatorios para que no se le olvidase al hacer el equipaje, se lo encomendamos. Había mucha ilusión puesta en él así que varias veces más le hicimos la misma recomendación en los días previos al viaje: que no se te olvide. Aún cayó una vez más la repetida pregunta de siempre un día antes de su partida: ¿Tienes el cartel ya guardado en el equipaje?...que no se te olvide.

Allá en ese equipaje viajaba lo que para otros podría parecer un simple trozo de madera, pero se equivocarían al pensar así. Aquello era una señal de madera, sí, pero con una parte de mi tierra y de mis sentimientos plasmados en ella y lo que es más: era otro melillense- mi hermano- el que lo llevaría hasta allí y el que lo clavase en esa tierra del fin del mundo dando testimonio de cómo nos sentimos identificados con nuestra Ciudad.

antartida las palmas

No como un polizón si no como un integrante más de la expedición voló nuestro cartel bien acomodado en la bodega dada su condición, en el avión que le llevaría hasta Usuahia, el famoso puerto de partida hacia la Antártida en el extremo sur de Argentina. Y ya desde allí navegando en el precioso buque oceanográfico de nuestra armada “Las Palmas” terminaría su viaje en la Isla Livingston y esperaría para ocupar su puesto en la base española. Mientras surcaba aquellas aguas es posible que recordase al que se supone fue el primer barco que recaló o naufragó por allí: el buque español San Telmo, del que no se supo más después de una gran tempestad por aquellas latitudes y perdido su contacto el 2 de Septiembre de 1819 con el resto de la División Naval del Sur de la Armada Española en viaje hacia El Callao.

Todo hace pensar que terminase en esas tierras heladas, más aún cuando tiempo más tarde se descubrieron restos de un navío de línea de 76 cañones como el San Telmo.

Retomando el hilo de nuestra historia y volviendo a nuestros tiempos, estuve pensando en los meses que iban transcurriendo sin noticias de él en las vicisitudes que le estarían sucediendo al protagonista de esta historia.

No me quedé tranquilo hasta que con el regreso de mi hermano finalizada la campaña antártica y previo interrogatorio sobre él, pude ver la foto.

antartida cartel

¡¡Allí estaba él!!, colocado previo permiso solicitado al Jefe de la Base: en mitad de la Plaza de España que es como se bautizó aquel lugar de la Base, clavado en el poste tótem como me había imaginado y acompañado de otros diez nombres de ciudades y pueblos de nuestra patria.

No sé a fecha de hoy a qué se debió la casualidad, pero es curioso que estén juntos “el nuestro” y el de Ceuta, nuestra querida ciudad hermana. Y en fin: allí están: “los Once de la Fama”, el de Melilla entre ellos.

Le di las gracias a mi hermano Arturo, entre los tres habíamos conseguido llevar hasta allí un trocito de historia de esa España africana y hago extensivo desde estas humildes líneas el agradecimiento al Jefe de la base D. Elías Meana por haber tenido a bien autorizar su colocación.

Como anecdotario, os comento que otros integrantes de la expedición, sorprendidos sin cartel se afanaron enseguida en la fabricación de los suyos para no ser menos. Para el cálculo de la distancia

a sus respectivas patrias chicas se apoyaron en la que figuraba en el cartel melillense sumando o restando en su caso, de una manera aproximada, comparando la distancia de Melilla a las suyas.

Así que amigos lectores, a 12.026 Km de distancia de Melilla, medido sobre ortodrómica (en Geografía , el camino más corto entre dos puntos de la superficie terrestre o lo que es lo mismo: el arco del círculo máximo que los une) y en los 62º 37’ de latitud Sur y a 60º 27’ de longitud Oeste, en la Isla Livingston -Shetland del Sur-, rozando el Círculo Polar Antártico y a escasas 82 millas náuticas al oeste de la península antártica, tierra ya continental, está ese trozo de madera........y algo más, como homenaje a Melilla, testimonio del paso por allí de un melillense, que como todos ellos, la lleva en el corazón incluso en esas lejanísimas tierras.

Manuel Lisbona Gil (Casa de Melilla en Madrid)
Fotografías: Arturo Lisbona Gil

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