Casa de Melilla en Madrid

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Conchita García de los Arcos comienza su colaboración con nuestra web con un cuento de Navidad que, cómo no, se desarrolla en su querida Melilla, su tierra natal, como casi toda su obra.
En este cuento Conchita nos habla de una historia que se repetirá en muchas vidas los próximos días. Una historia que a muchos les justifica decir que no les gusta la Navidad, que son unas fiestas tristes, pero que a muchos más nos deja ver más allá y sentirnos felices en Navidad porque nos justifica el esfuerzo que hacemos por demostrar el cariño que sentimos por los nuestros.

 

Aquella canción de Navidad

El cielo amaneció cubierto, eran los coletazos de un levante que llevaba soplando varios días.

— Fea Nochebuena se va a presentar —se dijo.

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Bueno, tampoco le importaba mucho. Sería la primera en toda su vida, que iba a pasarla solo. Inés había muerto al comienzo del verano y los hijos, que estaban establecidos por la península, tenían poderosas razones que les impedían ir a Melilla en esas fechas: el trabajo, los niños pequeños y sobre todo, la larga distancia. Habían porfiado mucho con él para que hiciera el viaje inverso y así poder compartir las navidades con ellos, pero había encontrado excusas para seguir allí, en su casa, con sus perros, con su vida.

Siempre habían pensado, Inés y él, que dejar el hogar sería lo último que harían.

Inés, su Inés, ¡cuánto la necesitaba! Jamás pensó que sería ella la que se iría primero. Pero la vida era así: impredecible y había que aceptar sus leyes. Él estaba bien, tenía su profesión, tan amada, amigos, gentes que lo estimaban, su preciosa casa con jardín, la caza, los perros y ahora la herencia de Inés: la gata y los canarios. Paca atendía la casa como cuando vivía ELLA y lo cuidaba como si fuera un niño o un incapaz. Hoy le había dejado la misma cena que tradicionalmente se servía en la familia esa noche y le había advertido que la llamara si necesitaba algo... Buena gente la de aquella ciudad en la que habían decidido instalarse después pasar los primeros años de matrimonio en Marruecos. No se podía quejar la vida lo había tratado bien y había sido razonablemente feliz.

El Blo, puso la cabeza en su regazo y lo miró con sus tiernos ojos llenos de afecto. El hermoso setter que se había traído de su Bierzo natal.

—Bien, viejo amigo, dejemos de pensar y hagamos algo. A ver... las escopetas están limpias y engrasadas, los canarios atendidos... Vale, ha llegado el momento de subir y arreglar el cobertizo —era algo que permanentemente le pedía Inés y nunca encontraba el momento de complacerla.

El Blo y el Fli fueron los primeros en subir las escaleras y cuando abrió la puerta, los primeros en colarse en la encalada azotea.

El cielo empezaba a abrirse, se chupó el dedo y lo levantó para ver la dirección del viento: sí, estaba rolando a poniente, la tarde iba a mejorar.

Cuando abrió el trastero, le dieron ganas de retroceder, meditó un momento por dónde empezar y decidió bajar las cajas del estante de arriba. Nada más abrir la primera lo encontró: su viejo laúd. Estaba bastante bien, para el tiempo transcurrido desde que dejó de tocarlo, polvoriento, con dos cuerdas saltadas pero la caja estaba perfecta. Observó los bellos apliques de taracea y recordó los tiempos en que, en noches como ésta, cantaba con sus hijos, entonces niños, los villancicos aprendidos de su padre en las largas veladas pasadas, alrededor de la gran mesa, allá en la casa familiar.

Ya tenía tarea para esa tarde: arreglar el querido laúd, compañero desde su juventud y que, al igual que Inés, lo había seguido fielmente por donde él lo había querido llevar...
Cuando acabó de ponerlo en forma, se puso a rasgarlo y casi sin querer cantó:

— “De Oriente salen tres reyes
todos tres en compañía
y por capitana llevan
una estrella que los guía
no preguntan por posada
ni tampoco por comida
preguntan por un portal
donde un Dios nacido había”—

y así, hasta acabar el hermoso y largo villancico. Esta vez sólo se oía su bien timbrada voz, no estaba el sonido de las zambombas ni el de las voces infantiles... Una lágrima, una sola lágrima fugitiva, rodó mejilla abajo, la recogió con la punta de la lengua, estaba salada como el mar, como aquel mar que lo separaba de los suyos....

La noche estaba llegando...

De pronto sonó el timbre de la puerta.
— Qué raro. No espero a nadie —pensó.
Se asomó por la ventana y los vio.
Abrió la puerta:
— Pero... ¿ cómo estáis aquí? —preguntó
— Oímos tu Laúd, papá.

Conchita García de los Arcos
Noviembre 2007

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